miércoles, 30 de enero de 2019

Cantante y taxista

Cantante trans en la plaza de Pedro Zerolo (Madrid). Fotografía: Marqués de Zas.

He quedado con una mujer desconocida y masoquista en un bar de Madrid.
No he querido darle mi número de teléfono hasta conocerla en persona.
Llega con puntualidad y lo primero que hace es reprocharme mi falta de confianza por no darle mi teléfono.
Su inequívoca condición de mujer transexual llama la atención de los presentes en el local.   
Por su vestimenta se deduce que es una persona desinhibida, exhibicionista y con mal gusto.
Me dice que es taxista y cantante y que ha sido sometida a cirugía de reasignación de género. Es decir, que tiene vagina. Que no puedo penetrarla vaginalmente porque se reserva para el hombre que la enamore.
Termina su discurso con una pregunta:
—¿Qué me vas a hacer?
—Nada —contesto.
Si hubiera sospechado que buscaba un gilipollas, no habría acudido a la cita.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Kayla

Grabado: Richard Cosway. Venus y Marte. c. 1790. 
Tenía que quedarse unos días en Madrid y la invité a mi casa. Estaba sentada en el sofá a mi lado, fumando y hablando sobre un problema laboral que la tenía un poco preocupada. Kayla es una mujer de carácter y muy segura en todo lo que dice o hace. De mediana edad, morena, con una gran melena leonina y ojos muy expresivos de color miel, unas caderas grandes y unas tetas de estatua de mármol griega. Me había hecho caso y se había puesto cómoda, es decir, iba sin bragas y sin sujetador debajo de una túnica negra. De repente, se levanta y se coloca delante de mí:
—¡Bájate los pantalones!
—¿Qué? —contesté sorprendido.
—¡Que te bajes los pantalones! —insistió.
Entonces me percaté que deseaba algo sexual. Me bajé los pantalones hasta los tobillos sin levantarme del sofá. Se subió la túnica hasta el cuello, se sentó encima de mí y, mirándome a la cara, colocó su clítoris sobre mi polla. Se restregó con fiereza mientras gemía intensamente. Se corrió muy rápido. Enseguida me corrí yo también de una forma muy bestia. No creo que tardáramos, en total, más de un minuto. De inmediato se puso a hablar tranquilamente por el móvil sobre el asunto laboral que tenía pendiente. Si todas las mujeres que conozco fueran tan rápidas como Kayla, mi producción artística sería mucho mayor.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

El cura

Fotografía: Michael Stokes. 2007.

Estoy escribiendo este post en un bar con una pluma estilográfica sobre papel. El bar está vacío. Enfrente hay una iglesia. Es una iglesia grande en la que no he entrado. Desde la ventana del bar veo pasar muchos turistas. Una amiga me presentó a un cura que, además de tener muchas ganas de conocerme, está destinado en ese templo, si no me equivoco. No quiero entrar porque me pondría cachondo verlo ante el altar.

Es un hombre joven, delgado, moreno, con los ojos claros y lampiño en todo el cuerpo, excepto en el pubis. Con un flequillo infantil que le da un aire de monaguillo. Le abrí la puerta de mi estudio y entró muy deprisa –para que no le vieran-. Se quedó pegado a la pared, en silencio y mirando fijamente al suelo. Le dije que se desnudara completamente y se pusiera a cuatro patas. Me obedeció inmediatamente sin decir palabra. Le separé las piernas con mis botas militares. Observé por detrás sus nalgas y sus genitales colgantes. Tenía un buen culo y una polla gruesa, que se le estaba poniendo morcillona. Saqué una banqueta de madera y le dije que apoyara en ella medio cuerpo y siguiera de rodillas. No levantó los ojos del suelo, ni siquiera cuando le metí el pene en la boca. La boca estaba caliente y húmeda, pero no babosa, ideal para una primera comunión. Se la metí entera para que le dieran arcadas. No se inmutó. Le puse una pinza de la ropa en cada pezón y otra cerrándole el prepucio. Tampoco se movió. Estuve golpeando sus nalgas con un azotador de varillas de madera hasta que se volvieron rojas. Le saqué la lengua y se la trabé con dos palillos chinos atados con gomas elásticas. Me fui a otra habitación a beber agua. Cuando regresé seguía sin moverse. Retiré las pinzas de los pezones y del prepucio. Al hacerlo, sí reflejó algo de dolor en su cara por primera y única vez. Estiré su prepucio con ambas manos hasta poder cubrir todo mi glande a modo de capucha. Coloqué un preservativo lubricado en un vibrador y se lo metí por el culo. Un vibrador anal en forma de cuerno al que sólo le vibra la punta, algo que parecía no entusiasmarle lo más mínimo. Le ordené que se levantara y fuera a la ducha. Cuando estuvo dentro se inclinó con la boca abierta. Sabía lo que le esperaba. Aguardé unos segundos y el chorro de orina salió a toda presión y fue directamente a su garganta, rebosando a borbotones por la comisura de sus labios. Se duchó y, después de enjuagarse la boca con Oraldine, se marchó sin decir nada. No hablamos ni una sola palabra. Un tipo callado y obediente. Seguro que llegará a obispo.

martes, 4 de septiembre de 2018

El beso

Fotografía: Harry Benson. Berlin kiss.1996.

A lo largo de mi vida he dado muchos besos. Besos de todo tipo y a mucha gente. Como todo el mundo que ha besado -y ha sido besado- sabe, los besos producen una agradable emoción y, dependiendo de la persona y las circunstancias, generan unas sensaciones u otras. Pero hay un tipo de beso especial o diferente que es el que nos damos como preludio sexual. Es el beso profundo, con lengua, que evidencia la pasión erótica. Cuando besamos a nuestra pareja, hacemos patente cual es nuestra intención inmediata. No significa lo mismo un casto besito en la mejilla delante de los padres que un morreo con intercambio de saliva en la intimidad del dormitorio. Todo esto viene a cuento porque he conocido a una persona que me ha cambiado totalmente la percepción de los besos que tenía hasta ahora y que yo creía que era de lo más normal y corriente. Es una mujer morena, un poco más joven que yo, que tiene la singular cualidad de ponerme inmediatamente la polla dura con cualquier tipo de beso. Quiero aclarar que sólo me pasa con ella y nunca antes me había pasado con nadie. Es igual que sea un beso en la mejilla, un piquito, un beso con lengua o sin ella, un beso en público o en privado, es igual, siempre noto una erección, ipso facto, que, según dónde sea, puede no ser bienvenida. Tengo entendido que los besos se dan con lengua por una cuestión evolutiva; cuando hay intercambio de saliva el hombre impregna de testosterona a la mujer haciendo incrementar el deseo sexual y favoreciendo, por tanto, la continuidad de la especie. En este caso y por alguna extraña razón, a mí me sucede lo contrario: ella me impregna de alguna hormona rara, o lo que sea, y me pone a mil por hora, incluso sin saliva.

+ info: ¿Porqué nos besamos?

viernes, 22 de diciembre de 2017

La cripta

Performance: Inside Flesh


Encerrados en la cripta
de la intimidad.
Atados a inquietantes obsesiones.
Cubiertos de sangre negra
y con llamas en el alma.
No necesitamos nada más.