15 diciembre, 2016

Chulo

El convidat (el invitado). Instalación artística de Joan Brossa, (1986-1990).

Eres un chulo insoportable.
Él sonrió y dibujó mi culo en cada beso.

Eres mentiroso y muy borrico.
Él me sacó un final y me metió un principio.

Eres malo, feo y agresivo.
Él cerró los ojos y me dejó en el corredor de la muerte.

Quiero que me olvides y alejarme intacta.
Él me perforó el cuello sobre su garrote vil.

17 noviembre, 2016

Sexo telefónico

Marilyn Monroe para Chanel. 1953.

Hasta que conocí a Nina, estaba totalmente convencido de mi imposibilidad de tener un orgasmo como consecuencia de una conversación telefónica. El conocido popularmente como “sexo telefónico” era, para un servidor, algo sin el más mínimo morbo ni interés. Soy muy visual. En todo lo relacionado con mi excitación sexual, lo visual es absolutamente básico. Si no lo veo, no lo creo. Nina me convenció para probar. Me conocía muy íntimamente. Demasiado, para mi gusto. No sólo en el terreno de las relaciones sexuales, donde estábamos muy compenetrados, sino también en el de mis más perversas y oscuras fantasías. Incluso, había descubierto algunas que yo ignoraba. Me llamó por teléfono y empezó a susurrarme como si estuviera a mi lado, pegada a mi oído. Sus palabras me propulsaron un efecto eréctil inmediato. Mi solitaria realidad, tumbado en la cama, a oscuras y desnudo, no tenía nada que ver con lo que experimentaba mi mente. No me podía creer que fuera tan bestialmente excitante. Algo tan personal y secreto me tenía tan al borde del orgasmo, que no me importaba nada arder eternamente en el infierno por ser tan cerdo. Me preguntaba cómo me sentía por hacer esto o aquello, con la intención de excitarse ella también. Acercó el teléfono a su coño para que pudiera oír el intenso chapoteo que provocaban sus dedos entrando y saliendo. Sus más íntimos secretos se entrelazaron con los míos. Primero me corrí yo y casi inmediatamente ella. Luego, nos quedamos en silencio durante largo tiempo. Fue como un aterrizaje mullido tras un peligroso salto en paracaídas. La adrenalina me salía por las orejas. Su risa me devolvió a la vida real.

 –¡Ves como sí podías! polla fácil –me espetó mientras seguía riendo.

Nina me ha enseñado que un secreto, un complejo de culpa o, incluso, un trauma, se pueden subvertir para introducirlos en un juego sexual y convertirlos así en fuente de placer. Utilizando únicamente la palabra como un bisturí, abrimos en canal la conciencia, sacamos el inconsciente y nos lo follamos.

Ya lo decía Saint-Exupéry en El principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

22 octubre, 2016

Pienso en mí

Anónimo


Pienso en el mundo,
y veo sus ojos
mirándome.

Pienso en mi madre,
y veo su vientre
amparándome.

Pienso en ti,
y veo tus nalgas
cantándome.

Pienso en mí,
y veo mi verga
retándome.

Pienso que tengo;
un ególatra
vigilándome.

24 julio, 2016

Un poco de historia

Anónimo
A principios del siglo XX, el sexo sofisticado y libertino en España, incluido el sadomasoquismo, sólo lo practicaban los aristócratas y los príncipes de la Iglesia, exactamente igual que en tiempos de Sade. Un buen ejemplo fue el rey Alfonso XIII, al que la escritora Mercedes Salisachs, de 93 años, califica como un auténtico enfermo sexual. Al final del franquismo, la sociedad seguía siendo bastante mojigata y este tipo de prácticas continuaba siendo coto privado de los poderosos a los que se habían sumado algunos altos mandos del régimen franquista, sobre todo militares y falangistas. El riesgo de acabar en la cárcel era grande de no contar con la debida protección política. Yo conocí algo de esto en mi adolescencia a través de criadas, chóferes y escoltas que lo comentaban con gran secretismo, entre divertidos y escandalizados. Con el fin de siglo las cosas fueron cambiando lentamente. Estas prácticas se fueron dando a conocer, a nivel popular, gracias a los que viajaban fuera del país, a los libros y a las películas como Historia de O. Eran tiempos heroicos donde sólo se podía contactar con particulares a través de anuncios por palabras y apartados de correos. El apartado de correos era el e-mail de la época, lento pero seguro. Para los más cómodos y más impulsivos existía (y existe)  la prostitución especializada. “Estricta gobernanta aplica masaje inglés en domicilio y hotel”, era el anuncio para entendidos más publicado por las Amas profesionales. El cambio de siglo trajo una gran revolución: internet. Con la red llegó la divulgación, la popularización y lo mejor; la posibilidad de realizar estas fantasías fácil y rápidamente. Por primera vez en la historia, la gente corriente podía acceder sin censura ni manipulación interesada a una información y una forma de conocer gente afín, que, hasta ese momento, estaba reservada a las élites y a los más atrevidos.

Si en el siglo pasado sólo una minoría entendía de qué iba el BDSM, en estos momentos hay una cantidad importante de expertos que dan todo tipo de consejos por la red. No dudo que, en gran parte, tienen buena intención y que sus opiniones sinceras sirven a la mayoría de los aficionados (yo incluido) a practicar el BDSM felizmente y con seguridad. Pero hay que señalar, como es lógico, que también hay información errónea y muy discutible. Lo mejor es contrastar lo que se lee con diversas fuentes y utilizar el sentido común. No es muy habitual, afortunadamente, pero también hay individuos que, de forma criminal, abusan y se aprovechan de gente ingenua,  poco o mal informada. En el mundo virtual, existe lo mismo que en el real: bueno y malo.

Por último, decir que la historia del BDSM, tal y como la conocemos hoy día, no es muy antigua. Robert Bienvenu, que es un reputado conocedor del tema, además de catedrático de sociología en la Universidad de Indiana, Estados Unidos, asienta el BDSM sobre tres pilares: el fetichismo europeo de finales de los años 20, el estadunidense de los años 30 y el movimiento leather de los años 50, que era homosexual, y que es de donde surge el BDSM tal y como lo conocemos hoy en día en nuestro país, con su estética y sus etiquetas: el SSC, la palabra de seguridad, el collar, los códigos, los rituales y los símbolos.

El modelo que predomina no ha cambiado prácticamente desde principios de los 90 y a mí me parece que ya va siendo hora de evolucionar y cambiar algunos conceptos.

Hay mucha gente intentando cambiar lo establecido con nuevas ideas, pero la propuesta que más me gusta es la de Angie Rueda Castillo, licenciada en Sociología por la Universidad Iberoamericana. Por la red circula un texto suyo con una nueva y sorprendente visión de las relaciones BDSM, que podéis leer aquí.

22 mayo, 2016

Triorgasmo

Fotografía coloreada: Jan Saudek
                                                                      
 Antes que tu ordenador
prefiero ser;
tu fuente de alimentación
anal.


Balboa es amiga mía desde hace mucho tiempo. Creativa en todo lo que hace y, por lo tanto, también con su sexualidad. Lleva tiempo interesada en el triorgasmo compartido. Como no vive en Madrid, hemos estado impacientes hasta poder concertar la cita. Balboa es una mujer grande y muy alta. De piel blanca y tersa. Culo cubano y ojos entre verde y canela según su estado de excitación.

Se tumbó boca abajo en mi cama y puso en marcha un cepillo de dientes eléctrico sobre su clítoris gordo y rosa, lubricado con gel. Levantó las caderas dejando a mi merced su coño abierto con unos labios en forma de alas de libélula que parecían que iban a salir volando en cualquier momento. Muy despacio, introduje la punta de un pequeño vibrador malva por el mojado orificio vaginal. El aparato vibraba a impulsos regulares. Por la respiración me percaté que estaba excitándose muy rápidamente. Con cada suspiro le metía un poco de lubricante en el ano. La situación, el baile de  su culo y sus gemidos me la puso como el mármol de siena, por lo dura y por el color. Le introduje un negro vibrador anal por el orificio lubricado. “Despacio, más despacio”, me decía, mientras se lo iba metiendo hasta que quedó totalmente sumergido. Sólo se veía entre sus nalgas la anilla para agarrarlo. “Me voy a correr”, repitió varias veces entre jadeos. Ahora o nunca, pensé. Tiré de la anilla, saqué el artilugio y metí mi polla en un veloz acto reflejo. Los tres estímulos sincronizados en algún punto de su cerebro, la hicieron gritar como loca entre espasmos. Yo noté un calambrazo en la espalda mientras eyaculaba. Se puso boca arriba, con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Qué bestial! -dijo.           

28 marzo, 2016

Futuro

Fotografía: Marqués de Zas.

Me asomo al abismo
y me lanzo.
Veré mi futuro
por poco tiempo.
Mi acción mecánica
vence a la mística.
Por ahora.

01 marzo, 2016

Flora

Flora, 2016. Aguatinta. Marqués de Zas.

Flora es una mujer atrevida, no muy alta, de caderas rotundas, pechos como cántaros lecheros y unos preciosos ojos de color fanta limón. Nos conocimos en una fiesta, pero no quedamos en nada. Poco tiempo después, me encontró por la red y decidimos conocernos mejor. A pesar de llevar mucho tiempo interesada por el bdsm, nunca había tenido una experiencia real antes de conocerme. Quedamos en mi casa. Yo ya había comprobado con otras personas, hombres y mujeres, que los azotes pueden llevar a una alteración de la conciencia. Dependiendo de muchos factores, algunos incontrolables, se puede llegar a una pérdida de la consciencia muy elevada (subspace) o al orgasmo. Cuando le dije que se tumbara boca abajo en la cama, ya estaba muy excitada. Doblé mi cinturón de cuero negro por la mitad y lo agarré por la hebilla. Flora me miró de reojo. Le metí un dedo. Estaba chorreando. Puse una toalla grande debajo de su cuerpo desnudo. Los correazos restallaron en el silencio de la noche. La azoté al ritmo de su respiración. Alternando una nalga con la otra. El culo blanco se iba poniendo de un color rojo intenso. Suspiraba quedamente. Mi erección era más que evidente cuando le cogí la mano para que me agarrara la polla. Quería que sintiera el efecto que me producía su dolor. Dejé de azotarla para poder penetrarla. Entonces levantó un poco las caderas y susurró: -por favor, señor, siga, no pare.- Arqueó la espalda y apretó los puños contra la toalla. Continué con los correazos. Noté cómo se estaba relajando. Ya no le dolía. De pronto, empezó a gritar. Los gritos eran desgarradores. A intervalos contenía la respiración mientras sus nalgas vibraban. No paraba, seguía y seguía como si la estuvieran matando. Fue un orgasmo muy largo, casi cuatro minutos. Luego se quedó muy quieta. A esto no lo llamaría petite mort ni el marqués de Sade.