29 marzo, 2014

Corona de espinas

Corona de espinas de acero. Ilustración de Madame X
Abrió la puerta, me dio la mano y me invitó a pasar a su casa. Míster Pi tiene el pelo blanco muy corto, ojos claros, piel pálida y pinta de escritor. Pasamos a una biblioteca abarrotada de libros en varios idiomas. En medio de la habitación había una mesa larga. Le mandé desnudarse y que me la chupara de rodillas. Los correazos imprimieron en sus nalgas unas franjas moradas que me pusieron el capullo más duro que el mármol. Volví a metérselo en la boca. Le azoté las nalgas con mi fusta a la vez que le tiraba de los huevos con una cadena. Su polla gorda se iba poniendo más dura y brillante con cada golpe. Sentí unas ganas tremendas de vomitarle y de correrme en su cara de buena persona. Amarré mi polla a la suya con un cordel y las apreté mientras me chupaba los pezones. Toda la habitación olía a polla y a carne de animal. De pie, con las piernas abiertas y las manos detrás de la cabeza, le estuve dando fustazos en la polla erecta hasta que me cansé. Tumbado en la mesa boca arriba, le dije que me mirara, entonces le clavé una aguja intramuscular en el capullo con la punta hacia arriba. Repetí la operación con once agujas alrededor del glande. Su pene quedó flagelado, cubierto de sangre y con una corona de espinas de acero. Como un Cristo.

1 comentario:

Madame X dijo...

Si supiera, te cantaba una saeta desde lo alto del balcón, de luto y con mantilla.

Bella y poderosa escena, Marqués.