15 marzo, 2011

En cada mano, un chocho

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Anónimo

Tres de marzo y jueves. Era el cumpleaños de Dª Carmen. Entró en mi coche con una tarta Saint-Honoré más grande que ella.

-Vamos a casa de unos amigos -dijo-, mientras colocaba la tarta en el asiento trasero.

-Feliz cumpleaños, guapa, -contesté-.

Me facilitó la dirección. La miré de reojo, parecía contenta. Se hizo la interesante mientras fumaba un cigarrillo con parsimonia. Llegamos a media tarde. Pensé que íbamos a merendar la tarta y, con suerte, hacer un intercambio de pareja. Nos recibió un señor de mediana edad, con barba recortada y gafas. Llevaba un kimono. Con mucha amabilidad, nos dijo que podíamos sentirnos como en nuestra casa. Felicitó efusivamente a Dª Carmen, a la que conocía desde hacía tiempo. Nos llevó a una habitación, allí estaba Luisa atada a una barra de madera, con los brazos en cruz y los ojos tapados. Vestía un precioso conjunto de cuero negro. La minifalda dejaba ver un candado dorado que cerraba su coño a través de dos aros insertados en los labios mayores. Después de liberarla de sus ataduras, nos comimos la tarta acompañada de una botella de cava helado. Cuando creí que iba a empezar la orgía, el hombre anunció que se tenía que ir. Pensé que se había terminado la fiesta. Para nuestra sorpresa, nos comunicó que podíamos seguir los tres solos. Me dijo que hiciera con su esclava lo que quisiera, pero si la penetraba me tenía que poner una goma. Antes de marcharse, el tipo se abrió la bata. Tenía un rabo largo y tieso. Dª Carmen y Luisa se arrodillaron en el suelo y comenzaron a chupárselo una después de otra. Se me aceleró el pulso cuando empecé a masturbarlas a la vez. En cada mano, un chocho. El caballero dejó a las dos mujeres con la boca abierta. Se vistió y desapareció. Me quedé encantado y con las manos mojadas. Primero se corrió Luisa y después, encharcando el suelo, Dª Carmen. A continuación, todo sucedió de forma imprevisible. Amordacé, esposé y azoté con mi correa a Dª Carmen. Las obligué a hacer un 69. Y nos adentramos en una vorágine de caricias húmedas y pieles enrojecidas. Me tomé un respiro mientras Luisa recogía del suelo, por segunda vez, la enorme eyaculación de Dª Carmen, con una fregona y una sonrisa.

Nos sentamos los tres en el sofá. Cómo una familia. Una familia incestuosa y lasciva. Luisa me acarició con suavidad los genitales después de pedirme permiso. Muy cortés, le correspondí con un orgasmo digital que le hizo suspirar quedamente. La excitación fue tan brutal que me empecé a correr. En un alarde de control, conseguí detener la eyaculación. Me concentré en los pezones de Luisa. Eran largos, rosados, extraordinariamente morbosos. Como dos pequeñas pollas. Los estaba acariciando con deleite, cuando Dª Carmen, golosa, engulló todo mi miembro hasta la garganta. No tuve más remedio que llenarle la boca.

El caballero de la barba es muy educado. Me ha escrito un e-mail para disculparse por su ausencia y para preguntarme si el comportamiento de Luisa fue de mi entera satisfacción.

3 comentarios:

Mery dijo...

Qué bien lo cuentas, casi da pena haberse perdido una esa reunión ;-)

Eres un artista, de eso no cabe duda.
Un abrazo

Marqués de Zas dijo...

Gracias Mery. Has percibido muy bien la intención de este blog. Mis andanzas libertinas son una creación artística.

Un abrazo cariñoso.

Madame X dijo...

Cuanta cortesía entre caballeros. Y qué elegante narración con las manos repletas de lujuriosa aventura. Hace usted honor al artista y al apellido :-)

Un beso.