18 febrero, 2011

Arriba y abajo

La familia de Carlos IV. Goya.

Madrid. Diciembre de 2.010. Mi familia va entrando en el comedor de un piso amplio y luminoso.  Todos guapos. Elegantes en el sentido tradicional. La mesa impecable. Vajilla y cubiertos primorosamente colocados. Un belén en la chimenea y un árbol de Navidad con bolas brillantes y luces intermitentes nos acompañan con la insistencia de un día muy especial ¿Muy especial? Una familia muy heterogénea. Empleados, pensionistas, aristócratas, niñas educadas (?) por el Opus, un aprendiz de torero, una alteza real anciana, un médico y un artista degenerado y rojo (yo). Cómo es de suponer, con esta fauna, las conversaciones ni eran naturales ni sinceras. Pura ostentación y prepotencia, a base de increíbles safaris en África, negocios surrealistas para evidenciar que todo el mundo es gilipollas menos el que lo estaba contando. Condescendencia con las incoherencias de su alteza, a la que se le preguntaba impertinentemente sobre su salud cuando era evidente que el parkinson no permitía ni siquiera besarle la mano. Para conseguirlo habría que haber sincronizado la boca con su mano y haberlo hecho rápido, con lo que este acto hubiera parecido el ataque de una cobra. En este avispero familiar de mucho protocolo y escasas viandas, no me encuentro lo suficientemente hipócrita como para disfrutar la Navidad.



La maja desnuda. Goya.

Claudia y yo nos encontrábamos un poco inquietos. Sentados frente a la barra de un Pub Liberal, observamos a los habituales del local con mucha curiosidad para intentar descubrir, sólo con la mirada, a la persona que mejor se ajustara a nuestros deseos. Claudia me miraba con excitación. Era igual de alta que yo, pero con más culo. Como yo, morena y con los ojos castaños. Su boca, parecida a la mía, pero mucho más golosa. Entonces me fijé en un chico de aspecto melancólico que miraba furtivamente a Claudia. Era más joven que nosotros, vestía de manera informal y era de esas personas que no llaman la atención. Me levanté. Claudia sonrió y dijo: "lo sabía, sabía que ibas a escoger a ese" Me acerqué a él y le pregunté si le gustaba la morena que me acompañaba. Respondió afirmativamente, y continué preguntándole si era bisexual. Dijo que no. Entonces le propuse ir a un reservado para follar con ella. "Vale", contestó sin hacer ninguna pregunta. "Muy bien"-continué- pero tienes que tener mucho cuidado, ella es muy tímida y no te va a mirar ni a decir nada. Yo voy a estar presente. Ponte un condón y cuando termines te largas. Es mi hermana."

Fue delicado y rápido. Mientras duró el acto, Claudia me agarró la mano con fuerza y no dejó de mirarme en todo el tiempo.

2 comentarios:

ámalaMdZ dijo...

El placer realmente no se proporciona por la heramienta de penetracion. Ni por su movimiento,ni por su tamaño- El placer se proporciona por el pensamiento que recore nuestro celebro así a esta persona tan especial a quien podemos mirar en los ojos y agararar la mano.T afirmaria, que puede llegar hasta un inolvidable orgasmo trasmitido por esta misma conducta.
Muy emocionante el relato quieridisimo Marquez de Zas.Gracias !
Con mucho cariño ámalaMdZ

Madame X dijo...

La vida invierte a menudo la lógica. A veces, una cena familiar puede sacar todas las bajezas humanas. Y hay ocasiones en las que la perversión de un acto enaltece los lazos fraternales.

Qué elegancia narrativa. Como siempre.

Un beso.